lunes, 10 de agosto de 2015

Esbozos de otro tiempo



Se apoyó sobre la columna deteriorada por el tiempo mientras la cabeza le daba vueltas en un mareo interminable. Había aceptado el trabajo de restaurar la antigua  mansión. Llevaba años dedicada a la profesión y sabia que cumpliría fielmente el encargo. Ni siquiera le había importado viajar desde otro continente. El trabajo y el precio estipulado merecía la pena. Pero algo se había removido dentro de su alma y no podía comprender de que se trataba.
Subió a la parte alta de la casa. La terraza era tan vieja como el resto del recinto. Desde allí divisó las sillas apiladas en torno a la mesa y aquel árbol inclinado hacia las rejas de la ventana. Sintió como miles de agujas viajaban a través de sus arterias. 
Se estaba volviendo loca. Empezaba a ver visiones. Ella y él paseando por aquel viejo paraje. Ella con sombrilla blanca y moño de época. El moreno, alto, con bigote y botas de montar. Podía sentir el calor de su mano sobre el hombro y aquel perfume a tamarindos. De repente se desplomó sobre el duro pavimento. Todo se esfumó. Todo quedó sin color, sin imágenes, sin sentido.
-¡Señorita despierte por favor!.
El hombre permanecía arrodillado al lado de la mujer con gesto preocupado.
Ella abrió los ojos y musitó en voz baja:
-No es posible. Esto no puede estar pasando.
El apoyó la cabeza de ella sobre su brazo para esquivar la dureza y frialdad del suelo.
-Se ha desmayado. ¿Esta usted bien?. El continúo hablando sin esperar respuesta:
-Fue contratada para restaurar la vieja casa de los señores de Sandol. Soy Alejandro Sandol el hijo de la persona que la hizo llamar. Ella miro sus ojos. Reparó en su tez morena y en la fragancia a tamarindos que envolvía todas sus palabras. Casi en un susurro de negación volvió a musitar:
-No es posible. Esto no puede estar pasando.

(Mi participación en ancla 2)

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