viernes, 2 de septiembre de 2016

La carta


Hoy tenía ganas de escribirte. No es para hacerme la víctima ni reprocharte nada. Aprendí desde siempre, que es difícil que alguien se preocupe por quien no grita su dolor a los cuatro vientos. 
¿Será cierto el dicho tan popular?: "Quien no llora no mama". 
No es necesario que dediques tu tiempo tan escaso y valioso para preguntar:
-¿Cómo estás? 
-¿Necesitas algo? 
Esas cosas no son para mi. 
Seria demasiado bueno y una se acostumbra a las personas que se pintan la cara y hacen de ella una obra de arte afable y cordial y luego en las malas simplemente desaparecen. Después de pensarlo con calma he llegado a la conclusión de que es mejor así. 
¿Para qué necesito ese tipo de personas a mi lado?
Después de todo tengo que darte las gracias, has hecho que me de cuenta que no puedo esperar nada de ti. Así que ya no me interesas. Ni siquiera me apetece volver a contemplar tu careta bien pintada.
Tú ya sabes: 
Soy la mujer fuerte. La que puede con todo. Esa que aunque se le parta el alma y el corazón se le caiga a pedazos, no se queja por nada. No es un reproche. No suelo hacer reproches. Simplemente es lo que pienso y siento. Cuando ocurre esto suelo alejarme con mi dolor y lo guardo dentro de mi hasta que pasa el chaparrón. He dejado de ir con los brazos abiertos por la vida y el corazón reflejado en las pupilas. Todo esto me ha recordado algo que escribí hace mucho tiempo. Era la historia sobre una mujer que siempre callaba. Una mujer con una mordaza negra en la boca. Sólo se podía ver el sufrimiento por las lágrimas que resbalaban por sus mejillas. Lágrimas tan insignificantes que nadie reparaba en ellas. Si alguien llegaba a verlas acababa atribuyéndolas a elementos de la naturaleza, tales como la lluvia, el rocío. Incluso biológico como el sudor y aunque pueda resultar extraño, incluso pecas casi transparentes. En el entorno de esa mujer gris, había muchas personas que gritaban y lloraban desconsoladas. Los gritos se oían a kilómetros de distancia. Ante tan tremendo escándalo de la pena negra, todos corrían a socorrerlas. 
Pasó mucho tiempo y todos ellos continuaron gritando cuanto le permitían sus pulmones. Los demás no paraban de dar vueltas para ver como podían mitigar los gritos y la terrible pena que padecían. 
Un día alguien dijo: 
-¡Hay una tumba nueva en el cementerio! 
- Otra preguntó: -¿Quién ha muerto?. No hemos tenido noticia de ningún fallecimiento. 
-¡Ahhh sí...! Dijo una mujer tipo gallina clueca, que movía las manos de forma compulsiva, mientras hacía punto en la mesa camilla, al lado de las otras: 
 -¿No recordáis a la mujer que nunca hablaba?. Aquella gris que se confundía con el viento.
-¡Noooo...!- Contestaron las otras a un mismo tiempo. Mientras proseguían con la ardua labor de un punto del derecho y otro del revés. La rubia embotellada, de gafas de doble cristal, que a pesar del doble cristal veía menos que un gato de escayola, exclamó:
 -¡Y que más da quien haya sido!. Le llegó la hora y se murió. 
A la semana siguiente todas ellas se dieron cita en el bar de Antonio el del bigote retorcido. Las que lloraban, las que gemían, las que gritaban y también las que hacían punto del derecho y del revés. Antonio el camarero, al verlas llegar, se retorció el largo y negro bigote mientras servía las mesas. Jamón de pata negra, tortillas de gambas, algunos pastelillos para endulzar la vida y una cantidad considerable de jarras de cerveza para mitigar los males. Las puteras (Disculpen me deje la n: Donde dice puteras debe decir punteras), ya saben, las de los puntos del derecho y del revés, devoraban la viandas a tal punto que casi les faltaba la respiración. Las más dolorosas, entre lágrimas y lágrima y algún que otro gritito de dolor se zampaban las tortillas y el jamoncito ibérico. Quizás la euforia que les estaba despertando la cerveza, las conduciría en verbena hasta el cementerio cercano a poner unas flores en una tumba solitaria y gris para rematar así la fiesta. 

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